REALIDADES INVENTADAS

 

 

Escuché una tertulia compuesta por antropólogos, escritores y periodistas, que me invitó a reflexionar hacia lo que Juan José Millás denominó “realidades inventadas”; aquellas por la que según diferentes antropólogos, el ser humano ha sido capaz de reunirse en grupos numerosos de personas y ser capaces de gestionar una sociedad como la que hoy conocemos.

Si cualquiera de nosotros cree que algo existe, lo da credibilidad; si lo hacen miles de personas se convierte en verosímil, pero si son millones, se trata de una realidad contrastada, pero virtual y efímera; me explico:

Una montaña, el mar o la lluvia existen creamos en ello o no. Pero… ¿existe Amazone?, ¿y Google? Pues depende de la credibilidad que demos a estas realidades inventadas. Si todos dejamos de creer en Amazone, nadie compraría, y desaparecería. Si nadie creyera en el buscador Google, dejaría de existir.

Dicho esto, si lo extrapolamos a algo tan mundialmente reconocido como la existencia de un Dios, tenemos que: si la humanidad dejara de creer en Dios, efectivamente Dios desaparecería de la vida del hombre. La creencia en un ser, ente, un todo, etc., ha sido capaz de unificar en una dirección a millones de personas con una meta única y universal. La realidad inventada de un todo poderoso que explica nuestra existencia y al que delegar nuestra curiosidad existencial, dota de paz a unos, y de motivos para justificar diferentes estilos de vida o actuaciones, según cultura, sociedad y demás, a otros.

Tras el Concilio de Nimea, allá por el siglo IV, constituido en la idea de unificar el cristianismo e intentando resolver por fin las diferencias ideológicas acerca de la relación Padre e hijo, y donde se acordaron las bases de la religión cristiana que hoy conocemos, dotaron de razón, por mayoría, a los que al credo se debían en detrimento de los arrianos. De este concilio salieron veinte nuevas leyes denominadas “Cánones” (por cierto, no tienen desperdicio).

Pues el emperador romano Constantino I, que participó y promocionó el concilio, fue el que tuvo la gran idea de legalizar el cristianismo en el mundo romano tras el mismo. La expansión fue impresionante. No existían las redes sociales ni la globalización, pero en cuestión de años, millones de personas se encomendaron al Dios cristiano y abrazaron su fe. Centenares de conflictos en el vasto imperio romano finalizaron. Todos los dioses romanos antiguos, adaptaciones de los griegos, como Júpiter, Neptuno, etc.; o venidos del mundo asiático, como Mithra (Sol Invicto), poco a poco fueron olvidados por los hombres, y digo bien, pues las mujeres, hasta el concilio, estaban exentas de culto, terminando por dejar de existir. Dioses que durante cientos de años y para millones de personas eran reales, verdaderos e irrefutables.

Da que pensar, ¿verdad?

¿Y si dejamos de creer en los bancos?, o en el liberalismo, el patriotismo, el libre mercado, los combustibles fósiles, la comida basura…

Se me ocurren al mismo tiempo realidades por inventar que cambiarían el mundo. ¿Y a vosotros?

 

El lago

Amanece.

Salta de la cama incorporándose un día más al ajetreado rumbo que marca su frenética vida. Mientras se ducha, repasa mentalmente las citas y tareas pendientes de hoy: tres reuniones con proveedores, cobrar a dos morosos que ignoran sus repetidas misivas, regar y cortar el césped de cuatro parcelas… Abre los ojos bajo el flujo de agua que, abundante y ardiendo, riega su nuca. Mira su abdomen, flácido y redondo. Ha cogido peso y lo lamenta; prometiéndose controlar la dieta y hacer algo más de ejercicio, sale y se enfunda en el albornoz. Su pareja hace una par de horas que llevó a sus dos hijos al colegio, para lograr entrar a la hora en el supermercado donde se gana la vida tras el mostrador de una pescadería. Él abrió una empresa de jardinería dos años atrás, por lo que todavía no puede delegar ciertas obligaciones, sobre todo administrativas. Así que, tras las duras mañanas de trabajo físico, emplea las tardes en ordenar y clasificar todo tipo de documentos en una minúscula mesa de escritorio, junto a la del salón comedor.

Oscurece.

Le toca sacar al perro; así lo tiene acordado con su pareja. Un día cada uno. Casi nunca le apetece, pero esa noche necesita aire fresco. El frío arrecia en el pequeño pueblo de la sierra madrileña donde residen. Se calza unas botas de montaña y cubre su calvo cuero cabelludo con un gorro de lana, el último regalo de reyes. El perro alterado y deseoso por corretear brinca intranquilo. En la calle, el silencio de la noche solo es rasgado por un sibilino viento helado que reciben dueño y perro por sorpresa. Él libera el mosquetón del collar del animal que, disparado, se dirige a la zona arbolada que por fortuna puede disfrutar frente a la vivienda. Más allá, el pantano que riega la zona comienza a recuperarse tras las lluvias de las últimas semanas. Recoge sus manos en los bolsillos de la cazadora, pues los dedos piden clemencia. Bajo cero, su aliento es vapor que se difumina en la noche. Camina rutinariamente por una estrecha senda que atraviesa el bosque y muere en la orilla del lago. Allí se detiene. El perro va y viene sin dejar de correr, consciente de que pronto volverá a permanecer encerrado entre las cuatro paredes donde comparte piso con sus amigos humanos. Por las mañanas, las salidas son mero trámite de cinco minutos para relajar esfínteres y poco más. De pie, sobre la fina arena empapada, Marcos, gracias a la esplendida luz de una luna casi llena, ve su rostro reflejado. Muestra el cansancio acumulado, arrugas que anuncian la madurez que nunca se desea alcanzar cuando se acerca. Ensimismado en el haz de luz que el satélite refleja sobre el agua, su mente comienza a viajar lejos. Intenta  convencerse a sí mismo. Es dueño de una empresa de jardinería, quiere a su mujer, adora a sus dos hijos y vive en un precioso adosado en el pulmón de la gran capital de España. Busca su mirada en el agua cristalina. Parece preguntarle si el feliz. Nunca se atreve a hacerse esa pregunta. Parece tener todo lo que anhelaba años atrás…Se sienta sobre el tronco caído y seco de lo que fue un árbol antes de la gran nevada del año anterior. Una lágrima recorre su mejilla, parece que el frío ralentiza su recorrido, pero finalmente la gravedad vence y se une a la tierra mojada. Entonces lo entiende; él no es más que una gota de agua en un enorme pantano artificial que lo mantiene seguro, protegido, pero aislado del resto de un mundo que se le antoja inalcanzable. Se debe a sus compromisos, a la hipoteca de su hogar, el mismo que lo somete al yugo de la servidumbre que supone un nivel de vida innecesario, pero aparente y lúdico. No recuerda la última vez que corrió sin preocupaciones por una pradera; que viajó sin rumbo fijo en búsqueda de aventuras, de conocimiento real, el que se experimenta desde lo cercano y humano. No recuerda el abrazo sincero de un amigo, ni el amor incondicional, como el que le une a sus hijos. Decenas de lágrimas invaden su rostro, que ajado por la realidad de una existencia efímera, limpian su mente obtusa y adoctrinada.

Como secuestrado por un ente superior, se despoja de la ropa que dobla y coloca junto a él, sobre el tronco. El perro, ahora sentado a su vera, lo observa sorprendido. Desnudo, avanza por las gélidas aguas próximas a la congelación. No pestañea. El perro ladra, y Marcos, flotando horizontal, con la luna observando sus movimientos, se deja mecer por la corriente, pantano adentro.

Seis años después.

Cada noche, el perro recorre la senda que desciende hasta la orilla del pantano. Ahora es Ainhoa la que saca a diario a pasear al perro. Nunca entendió lo ocurrido. Junto al tronco, ya carcomido, donde encontró la ropa doblada de Marcos se sienta y llora. El perro la mira, quiere decirla: se fue por allí, el haz de luna se lo llevó pantano adentro. Ella ve su reflejo en el agua; la luna, casi llena, aporta su luz, más plateada y poderosa cuanto más se pierde hacia el centro del lago. Su mente comienza a viajar cuando su terso rostro se refleja ondulante en al agua, a sus pies. Parece preguntarla si es feliz…

 

 

FALLOS DE PROTECCIÓN EN LA VIOLENCIA DE GÉNERO

La última mujer asesinada en Elda, muestra de nuevo la falta de criterio ante una amenaza real de muerte.

Los protocolos de atención ante la violencia de género son claros en este sentido. Ante una amenaza de muerte de un sabido maltratador que, además, solo unos días antes había quebrantado la orden de alejamiento, se debe de inmediato informar a la mujer de las medidas de seguridad a tomar y que desde las instituciones se ofrecen; como la posibilidad de alojarse en casa de algún familiar o amigo, cuyo domicilio desconozca el agresor, o la tutela en vivienda de protección, donde podría y debía haberse alojado hasta que el proceso de investigación y la puesta a disposición judicial del maltratador, hubiese contemplado la oportunidad de poder continuar con su vida sin el yugo de su ex pareja, el ahora asesino fallecido.

Pero no solo es esto. El juez debe ser consecuente y, ante la reiteración de mensajes amenazadores, las denuncias previas y el posterior quebrantamiento de una orden de alejamiento, no es posible dejar en libertad a este tipo, al menos, no sin antes contar con la certeza de que la víctima de maltrato y su hijo se encuentran a salvo.

Es sabido, que la falta de agentes para custodiar a las víctimas y/o vigilar a los maltratadores son un problema añadido; pues bien: cuando la banda terrorista ETA anuncio el cese de la violencia en el año 2011 y, por tanto, de la lucha armada; cerca de 30000 escoltas perdieron sus puestos de trabajo; desde el Ministerio del Interior se les prometió la reubicación en centros penitenciarios y dentro del programa para la protección de las víctimas de violencia de género.

Cuando ETA asesinaba, los políticos amenazados y también los que no, disponían de escolta de acompañamiento para velar por su seguridad. ¿Cuántas mujeres más han de morir para que de una vez por todas personal de seguridad cualificado para ejercer la protección de personas puedan hacerse cargo?

ETA asesinó en 53 años de barbarie a 858 personas, destrozando miles de familias. La violencia de género ha causado en los últimos 50 años la friolera de aproximadamente (por la falta de datos exactos al respecto) 2400 mujeres asesinadas. Casi tres veces más que la banda terrorista. Desde el año 2012 y, contando con las 37 víctimas en lo que llevamos de año, son 298 mujeres las que han perdido la vida.

Las mujeres están muriendo desde tiempos inmemoriales por el simple hecho de ser mujer. Si no se pone fin de una vez por todas a la indefensión de las mujeres ante el maltrato, la cifra de víctimas asesinadas debería caer como una losa sobre nuestras conciencias, y recaer su responsabilidad en los que desde el gobierno tienen la potestad y capacidad para ponerle fin.

VIENTOS I

Confiado, caminaba relajado disfrutando de una tarde primaveral de octubre._ Nada habitual en Segovia, aunque los últimos años esta situación comenzaba a ser normal_ Esto lo pensaba mientras levantaba los hombros intentando protegerse del viento que comenzaba a arreciar con fuerza. Como si alguien lo soplase detrás de las orejas, descubrió sorprendido que en derredor no se agitaban las hojas de los árboles, ni siquiera la pelusa acumulada en la acera se inmutaba; sin embargo, él lo notaba cada vez con más furia tras su nuca, tanto que se asustó. Sentía golpes certeros de viento que lo obligaban a caminar más deprisa, empujándolo cuesta arriba en la calle donde su portal quedaba más lejano a cada paso. Su vecina Marisa paseaba con su pequeña perra Cora sin despeinarse. Encendió un cigarro y lo saludó al cruzarse con él.  Alejandro dio un traspié y casi cae al suelo incapaz de detenerse a cortejar a la mujer que desde hacía meses intentaba camelar.  Su esposa aprovechaba para relajarse y leer. El paseo de su intratable marido era el único momento  de liberación que intentaba aprovechar cada tarde.

-Tengo prisa.- Consiguió balbucear Alejandro apurado.

-No te preocupes. Que vaya bien.- Sin mirarle consultó su teléfono móvil que vibraba en ese instante.

Alejandro intentó girar la cabeza para ojear el trasero de Marisa, pero el viento se lo impidió. Incapaz de comprender lo que sucedía, decidió regresar a casa. Nada. El puñetero viento marcaba su paso y dirección. En cuestión de minutos, el envejecido porche donde tantas veces correteó de niño lo protegió del sol. El yugo gaseoso consintió que se detuviese un instante. Su padre descansaba en una silla de plástico de terraza de una marca conocida de refresco. _ ¡Oh, no!_ Pensó_ Ahora a soportar la misma monserga de siempre. Y este jodido viento que no me deja en paz._ Su padre disimuló fingiendo dormir; desde el fallecimiento de su esposa, el carácter, siempre divertido y dicharachero del viejo Mariano se tornó agrio y antisocial; escondido tras una máscara de cristal la pena lo consumía. Alejandro dispuso de tiempo para saludar a su padre, el viento se lo permitió, pero lo pudo el egoísmo y la falta de empatía. Su viejo era un pesado chocho inaguantable._ Mejor otro día._ Decidió. En cuanto este pensamiento apareció en su obtuso cerebro, el mini huracán, cual colleja desmesurada, lo obligó a seguir su camino. El miedo comenzó a suponer un pánico creciente. Algo paranormal que solo él sufría se apoderaba de su voluntad. En cuanto intentaba girar la cabeza, para ver al menos que fuerza lo zarandeaba como a un pelele, un intenso dolor de cabeza lo hacía desistir de inmediato.

-¡Qué coño quieres! ¿Quién eres? ¡Déjame en paz de una vez!

Gritaba al aire en vano. Otro empujón hacia delante. Ramiro, compañero del colegio lo vio aproximarse alborotado y no se lo pensó dos veces. Se cambió de acera. Siempre lo hacía. Intentaba evitar al mamón que arruinó su infancia. Durante años se mofó de su regordeta figura. Todas las burlas, por su culpa, se dirigían a él. Todavía se hacía el gracioso cuando se encontraban y soltaba algún despropósito cargado de ironía sin importar quién lo acompañara o el lugar donde se encontraban. Él se limitaba a agachar la cabeza y sumirse en un silencio resignado. Aceleró el paso cuando en paralelo sus miradas se encontraron uno a cada lado de la calle. Los pasos de Alejandro cruzaron con avidez, obligados por su mano opresora que violaba sin piedad su capacidad de decisión.

-¡¿Qué quieres?!- Ramiro, a la defensiva, esperaba un escarnio propio de su estupidez.

-Ramiro. Te parecerá una tontería, pero no puedo girar la cabeza. ¿Podrías decirme si hay algo en mi nuca? No es broma. No sé qué coño me pasa.

-Muy gracioso Alejandro. Vete a reírte de otro. Tengo mucha prisa.

-¡Ayúdame, Ramiro! – Pero su compañero de colegio ya se alejaba rápidamente.

Giró la cabeza instintivamente; de nuevo, un dolor insoportable atravesó de un lado a otro su cabeza obligándolo a berrear,  cayendo de rodillas sobre el duro cemento.

_Pero, ¿qué me pasa?_ Hasta pensar le dolía. Sus pasos lo llevaron contra su voluntad hasta la oficina que regentaba como director general. Un puesto logrado a base de injuriar a sus compañeros, criticar con falacias y falsas acusaciones al que se entrometía entre el puesto en el sillón del poder y su culo flácido. Ni siquiera se sonrojó cuando su mejor amigo, el que no dudó en recomendar al que como un hermano sentía, tuvo que dimitir para dejarle paso. A sus espaldas, con la cobardía propia del que enamorado de sí mismo no ve más allá de su ambición desmedida, lo traicionó. Se fue quedando solo, tan solo, que ni su abultado sueldo lo confería más que trepas que lo alababan para conseguir los favores que su posición le permitía. Pero muy arrogante, gozaba cuando le suplicaban una mejora de sueldo, o, con lágrimas en los ojos, ofrecían lo que fuese menester por un contrato indefinido. Eran esos momentos los que disfrutaba de veras.

Pobre ignorante, regresaba a su casa a medio día, donde su mujer vivía con él y se enamoraba cada día más de su profesor particular de francés. Un hombre humilde, sensible, cariñoso y particularmente atractivo. Otro pescozón ventoso lo devolvió a la realidad. Nadie lo esperaba en la oficina, pues por las tardes era cuando los trabajadores podían relajarse sin la presencia del malnacido tirano. Sus caras, un poema, pero no de amor; eran de odio fingido tras forzadas sonrisas y medidas risotadas si alguna broma, siempre de mal gusto, era escupida por sus apestados labios. Obligado a caminar, se topó cara a cara con una mujer de mediana edad. Limpiaba las oficinas desde hacía más de cuatro años. Se esmeraba con el despacho de Alejandro, pues no dudaba éste en corregir su actitud a gritos y delante del resto de trabajadores cuando alguna mota de polvo aparecía en cualquier recóndito rincón del despacho. Ocultó la mirada tras la fregona mientras Alejandro intentaba disimular una opresión en su cráneo que a punto estuvo de provocar la inconsciencia. Enseguida su segundo de a bordo, estirado, pues su estatura era casi la de un hobbit, se prestó a sostener a su jefe. Lo acompañó a su sillón, el deseado durante tantos años.

-¿Está usted bien, Don Alejandro?

-No, no lo estoy. Joder. ¿No lo ves? Y cierra la puerta, ¡cojones!

-Enseguida.- Y lo hizo.

Por más que miraba detrás de la cabeza de Alejandro, solo veía la gomina que gastaba en cantidades industriales. El resto del personal, angustiado por la presencia del bastardo que los sometía a condiciones de esclavitud, sentían la desazón y la angustia, pues, preocupados, se temían lo peor. La crisis de los últimos años podría terminar con alguno despedido. Cuanto más se acrecentaba su intranquilidad y sufrimiento, viendo como Alejandro vociferaba y golpeaba la mesa del despacho, más aumentaba el suplicio que lo atormentaba.  Una pequeña hemorragia se manifestó en las fosas nasales de Alejandro. Después, fueron sus oídos los que regaban el cuello de sangre, cada vez más abundante. Incapaz de soportar tanto dolor, se golpeaba la cabeza contra la pared gritando de desesperación. El nuevo candidato a director general, abandonó el despacho y ordenó que se llamara a emergencias inmediatamente, pero nadie movió un dedo. Insistió, con idéntico resultado. Alejandro tiraba de su cabello arrancando mechones que caían de sus dedos. La empleada de la limpieza no pudo evitar pensar en las horas extra que nadie le pagaría y necesitaría para limpiar toda la sangre que Alejandro ahora vomitaba sin parar. Asombrada por su falta de sensibilidad, continuó sus labores como si nada ocurriese. De repente, Alejandro quedó inmóvil, con la mirada perdida, sin vida. Por su mente, al borde de la enajenación por el sufrimiento soportado, como en un cortometraje demoledor, se vio mofándose de Ramiro, maltratando a su mujer, ignorando a su padre y disfrutando con las penurias, el miedo y la claudicación de sus subordinados.

De pie desde el ansiado sillón donde tanto daño y sufrimiento creó, se asomó al vacío desde la sexta planta. Una ráfaga de viento abrió la ventana, y otra, en sentido contrario, le confirió el último y mortal impulso arrojándolo al vacío. Su cuerpo inerte golpeó con furia el asfalto.

 

Dos días después, Gonzalo, un reconocido miembro de la iglesia de una péquela localidad de Teruel, visualizaba imágenes de menores desnudos en un ordenador portátil. Sintió un escalofrío en la nuca. Un golpe de aire cerró la ventana de la sacristía. Otro, lo obligó a ponerse en pie…

 

Continuará…

 

Su Mirada, siempre esa mirada.

Fue por casualidad, o quizá no; el caso es que lo miró apenas unos instantes y quedó herido para siempre por su enigmática mirada.

Comprendió que no es sencillo negarse a la evidencia. La atracción se precipitó tras compartir tan solo unas horas. Su mirada, siempre esa mirada…

Cada vez que la observaba  podía  navegar sobre un océano de emociones, de verdades por contar, de un incipiente amor sin cita previa que los envolvía en una fantástica burbuja donde nada más importaba. Fluía un río de sinceras confesiones, intimidades que nunca creyeron desvelar los unió encadenando sus vidas irremediablemente.

Otro día.

La razón quiso imponerse al corazón. Convencidos de sus sentimientos apelaron a la cordura de lo políticamente correcto, de la fidelidad al compromiso; a no vulnerar unos principios enraizados en ambas conciencias. Pero se rozaron… Él percibió su perfume, ella tembló al sentirlo cerca. Ella lo miró. Su mirada, siempre esa mirada…

Se fundieron en deseos de vidas compartidas, de viajes de ensueño. Perdidos entre auroras boreales soñaban juntos, inseguros, ansiosos por  besarse y preocupados por hacerlo. Un abrazo llevo a otro, una sonrisa a la euforia, una declaración a la pérdida de control y por una noche al olvido.

Mariposas que en letargo hibernaban volvieron a revolotear en sus estómagos. Miradas inquietas que todo lo desvelaban, a duelo se enfrentaban con sus cargos de conciencia, con su regreso a casa, con sus vidas más allá de lo irreal del momento.

La pasión alcanzó el clímax a media noche. Piel con piel intentaron un abrazo de contacto. Dormir sintiéndose cerca. No habría más noches, más dulces olores, más abrazos en rincones bajo una luna cómplice de sus amatorias fechorías. Un final deseado por ambos, adrenalina indomable en el anhelo hecho carne e incompatible con la consecuencia. Con el placer absoluto tan cerca, pero tan prohibido, ella escapó al deseo, él no quiso insistir. Antes de despedirse, ella posó una vez más sus indescriptibles ojos sobre él, cual ocaso inacabado, luego, suspiró.

Cada noche antes de dormir su recuerdo los mecía; las ganas de volverse a ver, de sentirse cerca, de seguir soñando, de viajar en volandas por el mundo, de la mano, en una vida perfecta por vivir, tan posible como inalcanzable. Tan real como utópica.

Su mirada, siempre esa mirada…

LAS ETAPAS DE LA VIDA

Cristian Galindo es un joven mexicano de veintisiete años que recogí en mi vehículo regresando de La Coruña. Su siguiente destino era León, por lo que compartimos unos doscientos cincuenta kilómetros hasta Astorga. Durante el recorrido disfrutamos de una amena y enriquecedora conversación.

Terminado el Camino de Santiago, el viajero mexicano quería llegar a León, visitar Burgos, Santander y volar a Edimburgo para recorrer Escocia.

Ingeniero industrial, decidió abandonar su puesto de trabajo en Barcelona y experimentar en soledad el viaje que ha de marcar las pautas que definirán su destino. Enseguida conectamos y comprobamos atónitos que no solo éramos tocayos en el nombre, también en obra y pensamiento. Me impresionó su madurez y claridad de conceptos; priorizando con sabiduría sobre lo realmente importante de la vida, dejando atrás con cada paso todo aquello que creía necesitar para vivir. Comprometido con un mundo caótico y con pocas expectativas de futuro, la esperanza de jóvenes como Cristian encienden la llama de la esperanza en mi ya resignada y misántropa teoría sobre la involución del ser humano.

De entre los muchos asuntos que abordamos, me interesó especialmente su teoría sobre las cuatro etapas de la vida.

Según él, la primera comprendería desde el nacimiento hasta los veinte años de edad, donde de la mano de nuestros progenitores hemos de formarnos, terminar unos estudios que nos permitan encarar el mundo desde una mínima base de conocimiento; probar, reír, divertirse, saltar al vacío del entusiasmo y dar rienda suelta a la energía que solo la adolescencia te brinda.

La segunda, desde los veinte a los cuarenta, debe ocuparse en reinventarse; es decir: una vez la base te sostiene, indaga en la búsqueda personal. Descubre qué quieres en realidad; y lo más importante: lo que no quieres. Viaja, sobre todo viaja. Experimenta hasta saciar tus sentidos. Vence tus miedos, prejuicios; conócete a ti mismo y tu potencial y sienta los cimientos de la filosofía que definirá tu existencia.

En la tercera etapa, de los cuarenta a los sesenta, el equilibrio emocional, físico y espiritual que se habrá conseguido de las etapas previas fomentará vivir desde la experiencia, disfrutando de momentos que quieres, donde quieres y cuando quieres; porque sabes lo que necesitas y lo que te hace feliz. Tendrás la estabilidad que te lo permita, y las cosas, nunca más claras. La seguridad de los pasos por  dar y el conocimiento habrán de ser la gasolina que haga rugir a ralentí el motor hasta alcanzar la cuarta etapa, la que comprende de los sesenta a los setenta u ochenta.

La cuarta y última debería respetarse sobremanera. Los años dotan de sabiduría a las personas, pero inexplicablemente no nos interesa; incluso se cae en la ignorancia de subestimar el mundo interior que atesoran y todo aquello que pueden y deberían enseñar, inculcar, aconsejar tras toda una vida que, en muchas ocasiones, nunca creeríamos.

Cuando llegábamos a su destino, ya me veía reflejado en mi tocayo quince años atrás, y él me vio como su yo comenzando la tercera etapa.

Me despedí con un abrazo, convencido de que logrará lo que se proponga, pues ha conseguido atesorar grandes conclusiones y filosofías de vida a través de la enseñanza de sus propias experiencias, creándose preguntas que  responde buscando en lo más profundo de sí mismo siendo aún muy joven.

Mentes inquietas como la suya, quizá consigan salvar a la humanidad de su hasta ahora destructivo destino.

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