CRISIS DE SOLEDAD TECNOLÓGICA

        En un mundo cada día más global, el ser humano esconde la mirada en la pantalla y se manifiesta con los pulgares.

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        Pude comprobar desde un vagón de metro de la capital de España como, salvo dos personas, el resto mantenía conversaciones a través de su teléfono móvil por alguna red social. Alguno escuchaba música a través de los auriculares. Una mujer joven leía un libro. Antaño era lo habitual y enredar con el móvil lo ocasional. Rodeado de gente, el vagón permanecía en silencio; incluso personas que viajaban juntas, ni se miraban, tan solo escudriñaban sus móviles para inmediatamente después responder al impulso a través de los dedos en las cientos de conversaciones que brindaban la totalidad de vagones en su viajar.

Sabedor de que la corriente tecnológica barre a pasos agigantados cualquier atisbo de nostálgica conversación, aún se me antoja extraño que ante la variedad de medios, y, por tanto, de posibilidades de comunicación entre las personas, la misma responsable de comunicar dos rincones extremadamente lejanos en el mundo, sea culpable del recogimiento de las personas más cercanas entre sí.

Si no sigues la estela de las aplicaciones de moda, quedas fuera del juego; del sistema de comunicación con la gente que quieres o quieres querer. Sin embargo, es tal la dependencia al móvil y el cargador que la mayor parte de nuestro tiempo de ocio la empleamos en comprobar cuanta gente nos sigue, responde, solicita nuestra amistad o valora lo que colgamos en la red y, por supuesto, nos aseguramos de tener batería, cobertura y “wifi” a lo largo del día, no sea que…

La genialidad de los inventos de comunicación masiva, cuyas posibilidades unen culturas, opiniones y tendencias de todos los habitantes de la tierra, nos mantiene tan ocupados que se nos olvida quiénes somos y lo que queríamos de la vida antes de su simbiosis con el ser humano. xcLas redes sociales existen por nuestra dependencia a ellas, y somos quien creemos ser resbalando por el tobogán del anonimato en unas ocasiones o del ego en su mayoría, permitiendo dar rienda suelta a miles de fantasías de soñadores ciegos y aventureros de enormes barrigas y pies descalzos.

Una sugerente y sorprendente paradoja: lo que une, separa. La relatividad de lo demandado y consumido se confunde con lo realmente necesario; mientras, el tiempo pasa…

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