OKUPAS

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Cuando Ramón recibió la llamada de su hermano Román se temió peor.

-Hola Ramón. Lamento ser portador de malas noticias. Papá ha muerto.

Ramón encajó la noticia bastante bien. Esperaba que ocurriera más pronto que tarde. Padecía una  broncopatía crónica, y, fumador empedernido, a escondidas daba rienda suelta a su mortal vicio. Su primer pensamiento fue para su madre.

-¿Qué tal está mamá?

-Pues imagínate. Aún no se hace a la idea. ¿Podrás venir a tiempo?

-¡Claro! Imagino que hasta mañana no se le incinerará.

-Sí, así es.

-Cogeré el primer vuelo que salga.

-Vale Ramón, pues nos vemos en el pueblo.

-De acuerdo. Te llamo en cuanto llegue.

Ramón residía en Dublín. Consiguió trabajo como ingeniero informático en una multinacional dedicada al ocio virtual online. Dos años atrás abandonaba Segovia triste pero esperanzado. Las ofertas en España no cubrían las expectativas de Ramón que debía comenzar con un contrato temporal de media jornada y obligadas horas extra que nunca cobraría.

Esa misma noche se presentó en Madrid. Decidió pasar la noche en la capital y enfrentarse descansado al encuentro con la familia y al dolor de la pérdida sufrida. Quiso pasear por la Gran Vía y escuchar su idioma natal, el que tanto echaba de menos rodeado de gente, ruido y luces de neón.

Compró un piso en Segovia para obligarse de algún modo a volver a su ciudad. Pagaba religiosamente la letra mensual que podía permitirse gracias al buen sueldo que recibía de la empresa. Decidió viajar temprano y visitar su casa, ventilarla. Su hermano le informó que el sepelio sería a las once de la mañana, por lo que se comprometió a estar presente cerca de las diez.

Caminaba con extraña mezcla de sensaciones. Tristeza por la muerte de su padre y melancolía por recorrer las estrechas calles del casco viejo segoviano. Se acercaba hacia su vivienda. Extrañado observó que las ventanas permanecían abiertas de par en par y las persianas permitían la entrada de los primeros rayos de luz de la mañana. Apretó el paso hasta posicionarse debajo del balcón del primer piso, el suyo. Alguien cantaba a voz en grito desde su casa, Ramón no daba crédito.

Por suerte conservaba copia de las llaves del edificio. Entró como una exhalación y de dos en dos subió los escalones. Cuando intentó abrir la puerta con la llave correspondiente una mueca de confusa desaprobación se reflejó en su rostro. Habían cambiado la cerradura. No tuvo elección. Llamó al timbre intentado mantener la compostura. Una mujer joven, de unos treinta años de edad abrió la puerta. En su regazo un bebé lloriqueaba.

-Hola. ¡Qué quieres!

-¿Que qué quiero? Pues entrar en mi casa.

-Pues ahora es la mía. -Acto seguido cerró la puerta en las narices de Ramón.

Éste enfureció y aporreó la puerta, indignado.

-Si tienes algún problema llama a la policía.- La joven habló desde el otro lado de la puerta.- Esta vivienda estaba vacía y mi familia y yo la hemos ocupado.- Su tono retórico y burlón no ejerció mejor influencia en Ramón que sintió como la cólera se apoderaba de él.

Consultó su reloj y comprobó que debía darse prisa o no llegaría a tiempo a las exequias. Bufó de rabia y abandonó el lugar consternado.

Por suerte consiguió el último asiento en el autobús hacia su pueblo.

Como era costumbre, prácticamente todos los habitantes de la localidad acompañaban a los familiares en el tanatorio. Decidió abordar el problema de la ocupación más adelante y centrarse en lo solemne del momento. Román acompañaba a su madre y Ramón caminaba justo detrás de ellos. Sus pensamientos ahora estaban con su padre. El más cabezota de las personas que había conocido. No pudo evitar sonreír, pues recordó situaciones que otrora dantescas, hoy evocaban la risa al revivir de nuevo. Avanzó hasta colocarse junto a su madre. La abrazó. Y así los tres en un solo y silencioso respirar despidieron a Manuel.

Tras  recibir las cenizas, su madre se las confió a Ramón.

-Busca un lugar hermoso allí, donde tú vives. En uno de esos acantilados tan verdes y tíralas al mar.

-Como quieras mamá. Así será.

En la sobremesa Ramón compartió el problema de su vivienda con Román, aprovechando que su madre descansaba.

-¡No puede ser! Estuve la semana pasada. Voy cada quince días, como acordamos.

-Al menos me consuela que solo lleven unos días. El caso es que no tienen intención de irse. Hasta me han dicho que llame a la policía.

-No lo hagas.- Interrumpió Román.- Solo conseguirás que permanezcan dos años hasta que el juez ordene su salida. Todo ello sin contar que removerán Roma con Santiago para evitar y retrasar en lo posible el desahucio.

-Y entonces… ¿Qué hago?- Lo dijo algo acongojado. Empezaba a ser consciente de la situación.

-Pues solo existen dos maneras: la legal y atenerte a las consecuencias o echarlos a la fuerza.

-¿Qué quieres decir? ¿No estarás pensando…?

-¡No hombre, no! Además, no conozco a ese tipo de personas.- Román Rió divertido.

Pero el recuerdo de su padre borró la sonrisa. Se sintió culpable por bromear con las cenizas de su padre aún calientes.

-¿Entonces?- Interrogó Ramón angustiado de veras.

-Yo esperaría a que saliesen de casa y la ocupaba de nuevo. Quédate unos días; vigila la casa, y cuando lo tengas claro llamas al cerrajero para que te cambie la cerradura y sacas todas sus pertenencias para que no puedan demostrar que la habitan.

Ramón quedó pensativo. Su mano sujetaba la frente. Sentados enfrentados tomaban café en la mesa de la cocina.

-Creo que tienes razón.- Dijo Ramón unos segundos después. -Espero que no tarden mucho en dejar solo el piso y que el cerrajero se dé prisa.

-Llámame y si puedo me acerco, por si se complican las cosas.

-De acuerdo. Y gracias Román. Por cierto no comentes nada a mamá de esto, que ya tiene bastante la mujer como para preocuparla.

-¿Te quedas a dormir?-Añadió Román.

-Sí, mañana vuelvo a Segovia. Si no te importa me quedo en tu casa estos días.

-Claro. Contaba con ello.

Tres días de vigilancia intensiva dieron su fruto. De siete a ocho de la tarde el joven matrimonio y su hijo salían a pasear una hora aproximadamente. Era su oportunidad. Como acordaron llamó a su hermano que presto se dirigió al domicilio. Cuando llegó Román el cerrajero ya casi había concluido su labor. Cobró lo adeudado y se marchó. Cuando entraron en la vivienda comprobaron que los muebles continuaban tal cual los dejó Ramón. En una de las tres habitaciones encontraron una cuna, una mesa de planchar y ropa en un cesto. En otra habitación, un armario desmontable con ropa colgada en las perchas y un viejo edredón sobre la cama evidenciaba cual usaba la pareja para su descanso.

La cuna y la ropa del bebé hicieron que Ramón pensara dos veces sacar todo al portal. Pero sabía que de lo contrario no podría disponer de su casa y era el fruto de su esfuerzo. Además, no tardando mucho era su intención volver a Segovia. Se armó de valor y con la colaboración de Román en un par de minutos todos los enseres de los okupas quedaron amontonados en el portal. Ramón se acomodó en el sofá del salón dispuesto a pasar la noche en su casa, temeroso de que volvieran a intentar entrar. No tardó en escuchar gritos e insultos varios. El padre blasfemaba y maldecía su suerte. La madre ahogaba su llanto meciendo a su bebé. Sabedores de que nada podían hacer, acumularon sus pertenencias depositándolas en el carrito del bebé y salieron a  buscar un lugar donde pasar la noche. Ramón se asomó al balcón que daba a la calle. Sin saber por qué, sentía un cargo de conciencia inexplicable. El padre se giró y miró en su dirección. Sus miradas se cruzaron.

-Estarás contento ¿eh? Hoy dormiremos en la calle. Muchas gracias.

Ramón respondió airado.

-Esta es mi casa. Ni siquiera la he pagado aún. Yo estoy trabajando duro para poder tener un lugar donde vivir. ¡¿Qué quiere?! ¡¿Que se la regale?!

Su oponente dialéctico se aproximó hasta quedar debajo del balcón. Ramón entonces creyó reconocerlo.

-¿Samuel? ¿Eres tú?

Efectivamente era Samuel. Su mejor amigo hasta que cada cual eligió distinto destino y se separaron cuatro añas atrás.

-¿Ramón?

Mudos se miraron durante tres segundos infinitos. Múltiples sensaciones peleaban entre sí y desarmados ninguno supo qué decir. Ramón agachó la cabeza, Samuel hizo lo propio. Despacio dio la vuelta dirigiéndose hacia su mujer y su hijo. Ella le miró comprensiva y se abrazaron. Despacio siguieron su camino. Ramón corrió escaleras abajo y los alcanzó.

-Samuel, ¿no me vas a presentar a tu familia?

-MI mujer, Gema. Y este pequeño es mi hijo Ramón.

-Le pusiste Ramón por…

-Sí.- Interrumpió Samuel.- Por ti.

 

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