PLEITESÍA

No a los hombres.

No al decadente ser humano que todo lo infecta y pudre con su codicia.

Desde que el hombre es hombre, ha vulnerado las leyes de la esencia de la vida, del derecho a respetar, proteger y compartir lo que se nos ha regalado. A caballo, sobre el lomo del ego de la civilización, a nuestro jodido antojo, hemos demostrado ser capaces de causar el mayor daño a lo que nos rodea y nos permite existir y, cómo no, a nuestros congéneres; desatando una ira inimaginable que algunos creen de otros tiempos, de siglos de atrás, pero no; solo hay que cruzar el ecuador y comprobar que la vida no vale nada; que se viola, mata, mutila y asesina sin tregua. Que el mundo que no vemos, ese que nos permite vivir cómodamente en la burbuja irreal que nos envuelve para nuestro gozo y disfrute, existe. Por poner algún ejemplo: contentos y felices nos deleitamos con nuestros dispositivos electrónicos de última generación, los mismos que han aniquilado en El Congo el futuro de varias generaciones, pero de niños; sometiéndolos a trabajos inhumanos a cambio de nada.

Trabaja o muere, o muere su familia, o primero los matan y luego los obligan a obedecer bajo la amenaza del cañón de un arma vendido por occidente, el mismo que compra y vende el coltán, diamantes, minerales preciosos…; Y si no, la devastación de selvas y bosques de todo el planeta, principalmente de los países más pobres y, casualmente, más corruptos. Desde el ostracismo donde escondemos nuestras conciencias, pensamos en los nuestros y lo privilegiados que somos. Es hipócrita, pero real. Nada nos importa si no nos afecta directamente. Es la dura realidad.

Veo a diario el odio a otras razas, a corazones que laten por igual en el pecho de un negro, blanco, asiático o cualquiera que sea el color de su piel. Todo vale. Millones de vidas cercenadas bajo el disfraz patriótico de la colonización, la religión, o por el derecho de una tierra que no es de nadie, o de unos recursos naturales que bajo sus pies se han convertido de pronto en la futura tumba de miles vidas en pos de la evolución, esa que malentendida nos acerca al caos, la autodestrucción, el sufrimiento y exterminio de millones de almas, de animales y plantas; esos mismos que nos han permitido llegar donde hoy estamos; henchidos y orgullosos de los avances conseguidos. Para qué. Los hijos de nuestros hijos verán virtualmente un mundo que a priori muestra generoso la inmensidad de la vida, la belleza de selvas, bosques, mares, ríos y montañas, esas, a las que rindo pleitesía y doy gracias; pues es desde la altiva mirada exclusiva que me permite la altura de la cimas que venero, donde puedo ver el mundo desde otro punto de vista, el de la realidad, donde la verdad de lo que somos te encoge y postra, obligándome a ordenar mis prioridades, abrir mi mente e intentar ser mejor persona.

Es tal el hartazgo que me sobreviene cuando indago sobre la vulneración de los derechos humanos en la mayor parte del planeta, que no puedo creer en la redención; el perdón, descartado. Todo vale. Y crece en mí la misantropía, selectiva, sí, pero certera con todo aquel que carece de los valores básicos de la coexistencia.

Somos hipócritas, y sí, debe ser inherente al ser humano. Cada perro se lame su rabo en un mundo en el que solo importa el yo y los que yo quiero. Allá cada cual con su conciencia.

No es posible a estas alturas convencer en educar en la aptitud por el cambio global de actitud. En la guerra abierta entre los países más poderosos e indecorosos, capaces de arrasar selvas y contaminar mares y ríos, exterminar centenares de especies de animales indefensos, someter a otros seres humanos en la búsqueda del poder absoluto, el mismo que no parece tener fin, veo tan lejos el arrepentimiento, el sentido común, la vuelta a la humanidad que desaparece a pasos agigantados, que cualquiera pierde la esperanza.

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