LA SOMBRA DE MARÍA

sombra

Como cada mañana de domingo se levantó temprano. Preparó un café solo y sin azúcar y lo disfrutó sentada en su sofá preferido. La mañana, soleada,  anunciaba la primavera que a pasos agigantados se hacía valer con el color verde de las praderas, multicolor de los campos y el arrullo de las aguas que, en su deshielo, surcaban los arroyos y cauces a rebosar de tan exquisito y valioso elemento.

Tras una ducha rápida decidió salir a la calle y dar un paseo. Aprovecharía para hacer unas compras y tomar el segundo café del día en su establecimiento preferido, en la plaza Mayor de la pequeña población donde residía; entre las preciosas montañas del pirineo aragonés.

Cuando abandonó el portal, el sol la deslumbró. Brillaba intensamente, lo que la provocó una ceguera temporal, pues sus ojos, azules turquesa, eran muy sensibles a la luz del astro rey. Rubia y muy atractiva conservaba un cutis pulido y una figura envidiable con cuarenta y siete años cumplidos.

Hurgó en su bolso hasta dar con las gafas de sol y se las colocó de inmediato, relajando  así sus gestos faciales. Saludó a una vecina, pero no obtuvo respuesta. _No me habrá oído_ pensó; y continuó cruzando la calle para atravesar el parque que la separaba del centro de la población, donde se ubicaban las tiendas y comercios.

De pronto una extraña sensación la hizo detenerse cuando se encontraba cerca de la verja verde que anunciaba el final del parque. No era como otras veces, cuando sentía que era observada o seguida por alguien y se volvía temerosa o curiosa. No, esta vez la sensación era tremendamente más voraz, pues la invadió una desazón que la oprimió el estómago e interrumpió su respiración. Giró muy despacio sobre sí misma, y casi de soslayo observó con auténtico terror una verdad incomprensible. No tenía sombra.

Observó en derredor buscando una explicación plausible. Quizá los árboles, alguna nube o edificio; pero no. Se posicionó en el centro de la calle y, efectivamente, la sombra había abandonado su cuerpo.

Sin dar crédito a lo que sucedía buscó su teléfono móvil en el bolso e intentó llamar a su hermano Nicolás primero, pero no respondía; luego lo intentó con su madre; tampoco. Un escalofrío recorrió su cuerpo estremeciéndola. Jaime, el panadero, se dirigía en ese momento hacia el parque con su mascota, un precioso bodeguero blanco llamado Zeus que era la delicia de los más pequeños, pues con todos jugaba y se mostraba la mar de cariñoso.

                                               -¡Jaime! Buenos días. ¿Tienes un minuto?

Pero Jaime ignorando por completo a María se internó en el parque soltando la cadena de Zeus que comenzó a corretear.

                                               -¡Jaime! Soy María. ¿Es que no me oyes? ¡¿Qué le pasa hoy a todo el mundo?!

Zeus se acercó hasta María y ladró durante varios segundos soltando lametazos a aire, buscando alcanzar el rostro de la asustada María. Pero Jaime extrajo una pelota de tenis de su bolsillo lanzándola lejos para que Zeus corriera en su busca.

María, sumida en la confusión y acorralada por las circunstancias corrió en busca de alguien más cercano y, en pocos minutos, se presentó en el umbral de su bar preferido.

                                                 -¡Hola Ernesto! ¡No vas a creer lo que me acaba de ocurrir!-Agitada, respiraba con dificultad.

Ernesto, el camarero, cobraba en esos instantes a dos señoras mayores que habían solicitado unos cafés con leche y unas tostadas.

                                               -¡Hola Nicolás! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Qué tal estás?

                                               -¿Nicolás?- Interrogó extrañada María.- Ernesto, soy yo, María.

Pero el camarero siguió conversando con Nicolás.

                                               -¿Qué tal tus padres?

                                               -Pues aún estamos todos haciéndonos a la idea. Gracias por preguntar Ernesto. Se agradece.

                                               -Yo la echo mucho de menos. Era una clienta habitual y siempre dispuesta a sacarte una sonrisa. Todos la extrañamos por aquí.

María se volvió pálida como la muerte y, tras ella, su hermano Nicolás con lágrimas en los ojos se dirigía a Ernesto ignorándola por completo.

_No puede ser verdad_ Yo estoy aquí, ¡viva! Su cabeza a punto de estallar intentaba comprender, pero poco a poco las fuerzas la abandonaban. Intentó abrazar a su hermano, pero sus brazos se fundieron con el aire atravesando a Nicolás.

Salió a la calle buscando el sol y con él su sombra. Corrió sin rumbo fijo buscando sin saber qué hasta regresar exhausta a su casa, dándose por vencida.

_Esto ha de ser una pesadilla._ Concluyó agotada fisi. asca y mentalmente. Decidió acostarse en la cama con la esperanza de despertar de nuevo con su vida del derecho, su café de cada mañana, su paseo por el parque, su visita al bar de Ernesto, su compra diaria y sus amigos y familiares dispuestos a ponerse al teléfono.

Mientras, Nicolás seguía conversando con Ernesto.

                                               -Esta mañana he recibido una llamada de María.

Ernesto palideció.

                                               – ¡Qué!- Contestó atemorizado el camarero.- ¡No puede ser!

                                               -Habrá una explicación.- Tranquilizó Nicolás, que antes de continuar secó sus lágrimas con un pañuelo.- Era su número, desde luego; aunque imagino que ya será de otro usuario. No me atreví a contestar. Luego mi madre me ha llamado asustada por que le había ocurrido lo mismo.

                                               -¡Uf! A mi estás cosas me dan mucho miedo Nicolás. ¡Mira!, se me ha puesto el vello de punta.

Nicolás intentó sonreír, aunque solo consiguió un visaje inapreciable. Sabedor de la locura y lo incoherente de su comentario y resignado ante la reacción de Ernesto decidió salir a pasear. En la calle la temperatura ascendía rápidamente y Nicolás se fijó en su sombra. Comenzó a juguetear con ella, reflejando figuras en el suelo recreadas con sus manos. Recordó cuánto le gustaba a María jugar con su sombra y lo que disfrutaba persiguiéndola de niña. _Al menos podría haberse quedado conmigo tu sombra_ Meditó en voz baja, como si María pudiera escucharlo.

                                                               FIN

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