EN LA FLOR DE LA VIDA

Se protege de miradas que la inquietan levantando las solapas de la gabardina. Esconde su delicada sonrisa y algo más entre los pliegues del cuello de su jersey. Entre pasos alocados en un ir y venir incesante, se pierde dejándose mecer por la corriente humana que la rodea. Libre y tan insignificante entre la multitud, disfruta por primera vez en muchas semanas de la indiferencia.

Camina feliz observando el movimiento de sus pies con cada paso. Piensa en todas esas pequeñas cosas que obviamos cada día.  Cuando levanta la mirada, se encuentra en un parque de olivos centenarios. Desconoce cómo ha llegado hasta allí, pero le importa poco.  Decide descansar sentándose en un banco de madera con el anagrama de una Caja de Ahorros ahora desaparecida. El viento arrecia, pero solo las copas de los árboles se resienten.

Deja caer la cabeza hacia atrás mostrando un cuello largo y terso. Aún queda rastro de su intento de  pasar al otro lado.

Sobre sus hombros descansa un pañuelo dorado, regalo de su última psiquiatra. Respira feliz y satisfecha con lo que ha logrado en su vida. Con poco más de treinta años, había conseguido ser número uno de su promoción en la carrera de arquitectura. Dirigía un gabinete asesor y sus conferencias eran reconocidas en todo el mundo. Conoció a varios hombres con los que compartió más risas que lágrimas, pero ninguno gozaba de su entera confianza. Huía despavorida al menor atisbo de compromiso. Su fama la precedía y todas las puertas se abrían a su paso…pero terminó.

Se levantó un día y descubrió que estaba agotada, sin fuerzas; vacía por dentro; esbelta y reluciente por fuera. Pero el espejo la mostraba sin alma, sin deseos, anhelos, sueños e ilusiones. Decidió que ya era hora de terminar. Era vieja con treinta y dos años. La pesaban las piernas. Encontró arrugas en su mirada, una mirada pálida y marchita; tan radiante la noche anterior.

Abrió la puerta corredera de su enorme armario ropero. Varios trajes, aun por estrenar, se escondían en sus fundas. Dos corbatas estrechas, una, color burdeos, y otra, verde latón, se deslizaron del corbatero cual serpientes hasta detenerse a sus pies. Era la señal que necesitaba. Hizo hueco apartando las perchas cargadas de ropa hacia los lados. La barra de acero que las sostenía brillaba a la luz de la lámpara del dormitorio. Sin perder el control anudó ambas corbatas e introdujo la cabeza por el bucle de la burdeos. Ató el extremo de la verde a la barra; se descalzó, sonrió y dio gracias  a la vida por todo lo que le había concedido, dejando caer su escultural cuerpo inerte.

La barra del armario, a pesar de ser de acero y los soportes de gran calidad, no resistió su peso, y un minuto después cedió golpeándola en la cabeza. Quedó descolocada, descalza e inconsciente muy cerca de la muerte con dos corbatas al cuello.

Pero despertó. Aturdida. No recordaba nada. Se levantó lentamente y no fue capaz de reconocer nada en derredor. Se abrazó a sí misma en un reflejo de frío y miedo.  El timbre de la puerta la asustó. Buscó la puerta, no reconocía nada de lo que veía. Abrió, y la asistenta saludó amigablemente. Entonces se acordó de todo y comenzó a llorar, y con un desasosiego desgarrador, el devenir de toda una vida repleta de emociones y experiencias le abordaron en pocos segundos. Su cerebro, fundido, actuó defensivamente perdiendo el conocimiento.

Cuatro días tardó en despertar. Neurólogos y psiquiatras no daban crédito buscando una explicación al extraño comportamiento de su cerebro. Todas las pruebas realizadas mostraban el desgaste neuronal de una anciana en un insultante organismo en la flor de la vida.

Los mejores psicólogos y psiquiatras trataron en vano una conciliación entre cuerpo y mente. Ella no se quejaba de ningún dolor. Necesitaba dormir, descansar para siempre. Pero nadie parecía entenderla. Ni siquiera la última psiquiatra, con la que llegó a entablar una sincera amistad.

Sumida en la incomprensión, pidió el alta voluntaria y paseó durante horas sin destino. Mirando lo que veía por primera vez. Plena, se fue haciendo pequeña en la gran ciudad. Decenas de miradas la acosaban en su placentero y desinhibido caminar. Un hombre de mediana edad la cubrió con su gabardina; fue entonces cuando se percató de que vestía el camisón del hospital.

Avanzó

…hasta que pudo protegerse de esas miradas que la inquietan, escondiendo esa sonrisa y algo más entre los pliegues del cuello de su jersey…

El rostro continuaba mirando al cielo. Sus ojos, apagados. Ahora del todo; y su rostro angelical, por fin en paz con su mente. Una mente  anciana en la plenitud de su existencia.

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